«Tendremos que juntarnos para siempre, aquí, / para asustar al músculo que se hincha, / para decirle adiós al ángel que nunca nos abraza». Estos versos, que abren el horizonte temático del libro, anuncian ya el tono de toda la obra: una poesía que se nutre de la memoria, del regreso, del mar como patria y del viento como herencia.
En «El cuaderno de la brisa y otros poemas», José Miguel Giner Aguilar convierte el paisaje en un espacio espiritual donde el recuerdo se hace materia y el tiempo respira entre las páginas.
La obra se presenta como un itinerario en pequeñas etapas: infancia y mar, ciudades ausentes y visibles, memoria que no cesa, regreso que aún espera arribar a su puerto. Y lo hace con una voz que sabe mirar tanto introspectiva como extrospectivamente. Quien haya seguido la obra del autor reconocerá sus raíces: un modo particular de conjugar paisaje y alma, de ver el mar no solo como límite, sino como abertura, de tomar el exilio como forma de volver a sí mismo.
Ceuta —esa ciudad «que acumuló gloria en los escaparates»— aparece como epicentro simbólico, origen y refugio de la voz poética. Desde allí se abren caminos hacia Granada, Madrid, Paiporta o Málaga; pero siempre, de un modo u otro, se vuelve al mar. La identidad del poeta es la de un «ciudadano de regreso», un ser que habita el tránsito entre la orilla y la distancia, entre la juventud que se recuerda y la madurez que contempla.
No es casual que muchos de los poemas estén atravesados por un mismo pulso: el deseo de permanencia ante la fragilidad del tiempo. «Yo aprendí a ser feliz en aquel tiempo», escribe Giner, recordando la infancia como un territorio invencible. Esa misma fidelidad a lo vivido, esa voluntad de hallar belleza incluso en lo que ya se ha perdido, define su poética. La brisa, en ese sentido, no es solo aire: es la respiración del pasado que regresa.
En esta obra madura confluyen los motivos esenciales de su escritura: la ciudad y el mar, la memoria y la soledad, la amistad y la conciencia del paso del tiempo. Como en sus anteriores libros —Las casas del viento (2012), Mar de regreso (2016) y El viajero inmóvil (2020)—, el autor despliega aquí un lirismo contenido, limpio, que evita la ornamentación fácil y apuesta por la emoción sobria y verdadera. Su voz, ya reconocible, se sitúa en la línea de una poesía meditativa, cercana a la de Luis García Montero o Aurora Luque, donde lo cotidiano se eleva hasta convertirse en símbolo.
Cada poema parece escrito desde un lugar donde el silencio se mezcla con la sal. Y el lector, al recorrerlo, siente que también le pertenece ese territorio compartido por los ausentes. Porque Giner no escribe solo para recordar, sino para acompañar: «Que venga, que venga, / y se lleve en un vuelo el dolor, / y se lo dé a las gaviotas». En esa plegaria humilde hay un gesto de consuelo, una invitación a reconciliarse con lo vivido.
El título no engaña: es un cuaderno abierto al viento, un diario en el que la brisa se infiltra y levanta las hojas, arrastrando consigo fragmentos de vida. Cada poema es una página que se mueve, una evocación que no termina de cerrarse. La escritura aquí es un gesto de supervivencia, una forma de permanecer en los lugares que ya solo existen dentro de la palabra.
Escribir un poemario no es solo reunir versos: es convocar el silencio, abrir un espacio donde el lector pueda penetrar en la intimidad del autor. Este libro invita precisamente a eso: a que entres tú, lector, desde la orilla del mar, al cuaderno que el viento levanta, y te dejes llevar por esas hojas que flotan, por esas palabras que se escapan y también vuelven. Porque el recuerdo no es solamente lo que pasó, sino lo que vuelve a pasar cada vez que lo evocamos.
Así, cada poema se ofrece como instante detenido y sin embargo móvil, como la mezcla de luz que pulsa al atardecer en Ceuta, como la línea del skyline que, vista desde el mar, parece disolverse en el horizonte. Que este cuaderno abierto sea para ti, lector, un viaje posible: al envés de la prisa, contra la dispersión; a favor del viento que no se ve, de la brisa que no se retiene, de la memoria que no se olvida.
Bienvenido a este paisaje interior y litoral, bienvenido al cuaderno —y a la brisa—. Que lo disfrutes sin apresurarse, prestando atencion al susurro cuando abras el libro, dejando que se desprendan las páginas con la suave brisa del corazón y que undulen al compás del murmullo de las olas del mar.

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