La primera vez que viví una verbena apenas era un niño que ya se desenvolvía más o menos bien con el castellano. Sentí una emoción hipnótica que me succionaba hacia el ojo de aquel rito grotesco, cuyo vórtice giraba al ritmo de 45 rpm. La reproducción que cincelaba la aguja del tocadiscos fluía por los bafles a todo lo que daba el amplificador. Se ingería todo el líquido disponible y al alcance de la mano. Se masticaba y deglutía todo lo que te ofrecían. El perfume nutritivo se dispersaba en un aire denso y cargado, incapaz de ascender al cielo por su carga grasienta, se clavaba en las pituitarias con acentos requemados y notas de aceite inflamado por la fritanga. La verbena era un carnaval de comida y música comercial en la que todo el pupulacho barrial se congregaba en torno a las mesas dispuestas que daban vida y lustre a todo cuanto de bueno pasaba en aquel reducto dejado de la mano de dios y del consistorio. Eran tiempos difíciles y de cambios constantes. La peseta se arrast...
Cuando uno abre los ojos después del fragor melódico que fluye por el tránsito onírico de los sueños, a veces se perpetúa en imágenes residuales que, sin comprender muy bien por qué, nos evocan momentos de un tiempo nunca vivido, o parajes donde caminamos sin haber transitado por sus singladuras, quizá mares de otro tiempo que espuman el recuerdo de donde nunca estuvimos... aunque nos resultan inequívocamente familiares. Los anhelos y recuerdos que perduran en nuestro mundo subconsciente se proyectan en la memoria colectiva, haciendo que el tránsito de vivir conecte con todos esos otros mundos que también proyectan su memoria. Así, la vida cobra el breve sentido de unas pinceladas de amistad; de lo prosaico y lo poético, en definitiva, entrelazados como un sueño hecho de realidad, como si Friedrich hubiera regresado a la vida con los aparejos de Turner.Cerrar los ojos y contemplar un paisaje donde quien convive dentro de cada individuo anhela estar aunque sea solo unos instantes es, má...