Ir al contenido principal

LA DAMA DE LA PAMELA ROJA

Siempre me fascinaron las mujeres orientales. Sofisticación, elegancia, honestidad, exquisitez, delicadeza, vaporosa candidez... Son muchos los aspectos que me seducen.  Hasta tal punto se magnifica que mi compañera de trabajo me produce una cierta fascinación, oriunda como es ella de Corea del Sur, a pesar de que deteste su carácter. Me resulta un ser odioso como compañera de trabajo; no así como mujer, que me parece una delicada flor de cerezo. Hice todo lo que pude para que la propietaria del negocio la mandase al paro, zancadillas a diestro y siniestro que no sirvieron para nada. De haber prosperado ese acoso, me hubiera quedado como capataz único del feudo. Pero no hubo forma de que apareciese la divina providencia ni circunstancias que denostasen su trabajo como para que le diesen la patada.

A colación de esto, desde hacía poco más de una semana llevaba encandilado perdidamente de una auténtica dama oriental, desconocía si japonesa, china, coreana, vietnamita o vaya usted a saber. Me fascinaba ese halo de discreción, sobriedad y serenidad con la que se adornaba sin pretenderlo, tan solo con su discurrir cuasi etéreo por la superficie del mampuesto. Lo cierto es que me la encontraba a diario sentada con su vestido rojo corto, adornando su bella presencia con una pamela de idéntico color, de la que se valía para solapar cierta timidez y su virginal tez blanca de los rayos del sol. Elegancia y pura honestidad, no exenta de cierta sofisticación. Siempre sosteniendo una carta en las manos, sentada en un banco de piedra de la avenida principal, la misma que me conducía hasta mi lugar de trabajo.

El caso es que ayer, después de una semana viendo a esa mujer misteriosa, frágil y encantadora, dirige su atención hacia mí justo cuando la miraba sin disimulo mientras caminaba hacia ella, con un gesto sensual me invita a sentarme a su lado, en el banco. Llegaba tarde a trabajar. ¡Qué demonios!, me dije. Que esperara sentada la creída de mi compi; o mejor, que esperase de pie. Me frotaba las manos, casi literalmente, y babeaba ya como un caracol. Sin mediar palabra, preguntó si me llamaba Fernando. Y le dije que sí. Me preguntó si tenía treinta y seis años. Y le dije que sí. Luego que si trabajaba en el centro de modas La Oriental. Y le dije también que sí. Todo en un correcto e impecable español. ¿Cómo sabe tanto sobre mí?, pregunté entre sorprendido y receloso: era yo quien parecía espiarla y, sin embargo, sin apenas reparar en mí, me preguntó obviedades con las que parecía querer asegurarse de hablar con la persona idónea. Simplemente me entregó la carta que sostenía en las manos, al parecer la misma que repasó una y otra vez durante los días previos. Era mi carta de despido, ni más ni menos. Ese mismo día debía pasarme por el resto de papeles que esperaba en la gestoría. 

Elegancia y pura honestidad, no exenta de cierta sofisticación. Así tal cual definiría a la madre de mi compañera de trabajo... ¡Ni lo vi venir! Con una sonrisa, apostillando así su discreción, sobriedad, serenidad y elegancia, me susurra que, en futuras oportunidades, dejase de hacerle la puñeta a los compañeros de trabajo, especialmente si son familiares de los propietarios... aun sin saberlo.

Pues sí, me siguen fascinando las mujeres orientales... especialmente si son sofisticadas, elegantes, honestas, delicadas, discretas, sobrias, serenas, tímidas. Pero les confieso que he aprendido a no fiarme de ellas, especialmente si huyen del sol bajo una pamela y leen cartas en público a media mañana. Todas tienen un parecido razonable.




© Daniel Moscugat, 2025.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

TODO TIENE SU ECO EN LA ETERNIDAD

La vida me llevó a deambular de aquí para allá en la búsqueda incesante de algún eco que la eternidad hubiera reservado para mí. Aquel ejercicio de rastreo me llevó a vivir situaciones inverosímiles que me enseñaron a guardar distancias y verlo todo con cierta perspectiva angular, con afectación en las vidas de los demás, pero nunca supe cuál cambiaría la mía. Hasta que un extraño timbre agitó cada partícula de mi ser para que regresara a mis orígenes.  Y regresé sin pensarlo un momento. En cierto modo, cabizbajo por dejar las ascuas de mi propósito en el camino y dejar así que la vida fluyese como tal.  Me acomodé en pleno centro histórico, una rúa  que respira gratitud, desprende nostalgia, pero el estado de abandono que sufría le infería un aspecto decrépito, en cierto modo perlado de goticismo. Afortunadamente, entre los comerciantes y vecinos de la zona, con la obligada aportación del consistorio viendo que le comían la tostada, comenzó a recuperar un poco del lustre...

LAS DOS CARAS DE UNA MONEDA

Lo conocí gracias a una moneda. Un euro que se le cayó al suelo cuando iba a insertarlo en la máquina expendedora de tabaco. Tras rebotar en el suelo y retorcerse sobre su eje centelleando mil piruetas, llegó a mis pies. Una moneda que recogí a tiempo antes de que la gitanilla pedigüeña del pueblo la succionara. «Aaay, qué mal fario, payo. Vete a freír colillas, si no pudéis fumar, que sois payos renacuajos toavía », me dijo. Devolví la moneda a su legítimo dueño. Bastó un roce de su mano con la mía para intercambiar sonrisas, miradas, palabras... Éramos adolescentes. Acabábamos viéndonos a diario en un discreto banco del parque y dimos rienda suelta a las revoltosas hormonas mientras fumábamos y nos besábamos a escondidas. Quisimos sellar nuestro incipiente, incomprendido y prohibido amor tatuando, con ese euro que nos unió, un corazón que alimentamos con nuestras iniciales. Horadamos la madera de aquel rinconcito apartado del mundo para dejar constancia de nuestra eterna existencia;...

A CIELO ABIERTO

Al hablar como editor sobre un libro en el que he trabajado y diseñado desde la primera hasta la última página, corro el riesgo de ser parcial. No obstante, ateniéndome a lo leído y a las innumerables referencias del extraordinario estudio pormenorizado de Antonio Aguilar sobre cincuenta años de producción poética, se me antoja, más que crítica literaria, hablar de reinvindación de la poesía de Inés María Guzmán.  La publicación de A cielo abierto supone no solo la culminación de cincuenta años de escritura, como acabo de mencionar, sino también reclamar la atención hacia una de las voces poéticas más coherentes y singulares de la lírica española contemporánea (en efecto, he dicho bien: lírica española contemporánea). La antología, que reúne poemas de trece libros y cuatro cuadernos junto a inéditos de distintas épocas, ofrece al lector una visión panorámica de la obra de Inés María Guzmán, desde sus inicios neorrománticos en los años setenta hasta la depuración expresiva de su p...