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EL DIBUJANTE MALDITO

Voy a contarles el capítulo más importante de mi vida hasta la fecha. El capítulo que ha determinado el devenir de mi existencia en la actualidad, mi leitmotiv, el palpitar que bombea mi sangre, el aire que respiro. Y Omitiré mi verdadera identidad para proteger los objetivos que llevo persiguiendo desde hace no mucho tiempo; compréndalo, he de velar por mis intereses. Hasta tengo que soportar a diario el esperpento de vivir bajo la apariencia de buen ciudadano, de tipo normal, en cierta medida huraño y un tanto introvertido; algunos dicen que soy un poco raro, desharrapado y greñudo, pero, al fin y al cabo, paso más o menos desapercibido entre la multitud, que es mi pretensión. Me propongo rememorar, por tanto, ciertos aspectos de mi vida, a grandes rasgos, que pusieron los cimientos de esta empresa que me he propuesto llevar a buen puerto (aunque mi ansia de venganza estriba en someter a mis contrincantes para que me dispensen el respeto que me deben).


Por favor, no quiero oír su opinión respecto a la bienaventuranza de evitar en lo posible la ejecución de una venganza, que el alma enferma por ello o cualquier frasecita de más propia Coelho. Me desentiendo siempre de esos mantras de cándido borrego del mismo modo como lo hago de la última rebanada de pan Bimbo. Dicho esto, parto con una «pequeña» ventaja en mi cruzada: como dibujante de comics eróticos disfrutaba (y disfruto, ya lo creo) bocetando escenas empañadas de vivencias personales y algunas que aún sueño con vivir; en mis ratos de ocio dedico largos paréntesis a ejercer de héroe en librerías de viejo rescatando a los maestros que plasmaron sus lecciones en viñetas ya casi olvidadas o extinguidas: son mi inspiración y mi alimento espiritual.

Uno de tantos días en los que me zambullía en esos mares de colores e imaginación que bañan mi estudio, casi llegando a la orilla en busca de la hamaca, la arena del tiempo me asaltó impostando contra mis designios, cual tormenta en el desierto, azotándome en forma de llamada telefónica: mi novia. Los minutos se escurrieron entre los dedos sin que me percatara de ello como la tinta que derramaba perfilando los dibujos, como arena clara y fina de un mar fantástico. Llegaba tarde una vez más. Antes de salir, cumplí con mis plegarias a Superman y a la Patrulla X ante sendas láminas que yo mismo dibujé y vigilaban la puerta. Quedé en recoger a mi novia donde trabaja, a dos manzanas de mi guarida, para ir a cenar algo y, sin embargo, era ella quien esperaba en el soportal, con la discreción de un anónimo espía. Empezó a caerme un chaparrón de quejas murmuradas entre dientes del estilo «siempre tengo que venir a buscarte», «todos los días lo mismo», «… y si pudiera, me montaba una orgía con tus malditos dioses para entretenerme cada vez que tengo que esperar». Esto último marcó mi conciencia como si me hubiera arañado con sus garras de loba hambrienta.

Tras la cena, se sintió cansada y quería irse a casa. Insistí en que me acompañara a rezar nuestras plegarias habituales en la barra de nuestro pub de siempre, ese templo infame de alcohol y pecados varios, y me aceptó un par de copas. A pesar de mis claros deseos de que pasara esa noche en mi cueva, evitando claramente la más mínima intención de disimular mis pretensiones, ella decidió «cada uno en su casa y Dios en la de todos». Habíamos tomado bastante vino durante la velada y varios gin-tonics, así que la acompañé a tomar un taxi y, tras contemplar cómo se alejaba aquel vehículo preñado de mi pequeño tesoro, empequeñeciendo en el horizonte hasta desaparecer, me marché a casa cabizbajo y en cierto modo. En cuanto entré, fui directo al estudio para fumarme un maldito cigarrillo aliñado mientras ojeaba los últimos trazos de mis viñetas, que se balanceaban ante mis ojos como si realmente estuviesen ejecutando los movimientos sexuales ideados por mi bendita mano. Hasta el día de hoy no he podido recordar bien por qué extraña razón fui directo a la entrada para echar un vistazo a mis dioses, como si hubiese despertado en ese momento un sexto sentido, y, en efecto, ahí estaban las láminas vigilando la entrada de mi casa, aunque con la ausencia de sus protagonistas. Se me cayó el colocón a los pies. En ese instante recordé aquello de… «me montaría una orgía con tus dioses». Y el colocón volvió a subirme de golpe. Todo me daba vueltas. Las ansias de resarcirme de algún modo me empujó a imaginar lo que pudo haber sucedido y mi lado maligno me obligó a postrarme ante la mesa de dibujo. Sepultado por multitud de bocetos y bajo la lujuria onírica de mi ya enfermizo cerebro, di rienda suelta a una perspicacia que caminaba por los senderos del averno. Los trazos cabalgaban entre el Verbo y el Génesis, llegando como punto culminante a un Apocalipsis que hizo arrodillarme emocionalmente a los pies de Richard Corben y Luís Royo. Ante tanto diluvio y tanto becerro de oro me hallaba que la madrugada casi había llamado a las puertas del alba. Y a la mía también: mi novia, un tanto melancólica y apesadumbrada, al parecer se había dejado las llaves en el trabajo y me pidió quedarse a dormir.

Las turbulentas aguas de la imaginación, envenenadas por la tempestad de una locura casi febril, se calmaron y desaparecieron en el horizonte, y lo que quedaba de noche volvió a respirar al son de los insomnes grillos. Apenas le ofrecí un pijama cuando ya la acunaba Morfeo en su regazo. Dormía tal y como cayó en la cama y, tras liberarla de la prisión de su vestido y arroparla, pude ver que se había hecho varias carreras en las medias. Obviamente, por mi cabeza comenzaron a sobrevolar las preguntas como buitres carroñeros: ¿dónde se había metido hasta tan tarde?, ¿y dónde estarían mis malditos «dioses»? Regresó cual centella el tormento del sexto sentido para mostrarme el camino hacia la puerta. Esta vez sí que estaban todos «mis dioses», dando lugar a un hondo respiro creyéndome alucinado por los efluvios del alcohol y del cigarrillo aliñado. En cambio, al volver sobre mis pasos, un detalle me hizo sentir lo que siente La Cosa en su piel de granito cuando vi que el maldito Superman tenía un hilito de nylon color carne colgando del maldito cinturón amarillo que sustenta su maldito slip de marca sobre su maldito leotardo-pantalón azul, sonriendo el muy cabrón con sorna torera, como el espada que aguarda en perfil de ataque frente al astado que espera una muerte segura, o el asesino a sueldo que sonríe y disfruta empuñando su revolver ante su víctima...

Fue aquel día cuando decidí convertirme en «un dios» en pos de los trazos perfectos para crear al oponente perfecto. Y algún día huirán como cobardes ante mi creación y quedarán para perseguir faldas ajenas, por siempre sometidos al designio de mis manos. Llorarán a Mary Jane, a Lois Lane, a todas las demás... para que les saque del apuro y de camino suplicar perdón por sus continuas infidelidades. Así que dejé de ser héroe al rescate de mis maestros para convertirme en el peor de sus villanos. No seré tan estúpido como para exponer aquí mis métodos transgresores. Realmente estoy sediento de venganza; que no es el eslogan de ninguna marca de cerveza de alta gradación ni de bebida energética que valga. Tal vez Ud. esté pensando que «este tío está loco». Pues si así es, rece lo que sepa para que siempre que abra las páginas de algún cómic no salga mi mano en busca de su apreciado cuello, lo sesgue como el tallo de una delicada flor y beba su sangre como si de un refrigerio natural se tratase. Dije que omitiría mi identidad, pero no quién firma esta amenaza:

El Dibujante Maldito.








© Daniel Moscugat, 1996.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 

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