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NUNCA EL TIEMPO ES PERDIDO

El primer regalo que recibí de sus manos fue un magnífico reloj de pulsera, «para que me recuerdes todo el tiempo», me dijo. Con aquel presente, he contado los minutos vividos desde que me dejó para siempre, hasta que conocí a María. Apenas conversamos unos minutos, comprendimos que necesitábamos algo más que palabras. Al cabo de treinta y dos, ya me encontraba en su casa semidesnudo. Hicimos el amor desaforadamente casi hasta el amanecer. Nos despedimos sin más y no pensé en ella hasta que miré la hora. Olvidé el reloj en su mesita de noche. 

Hasta aquel día, fui acumulando retrasos en mi vida por prestar atención al tiempo dedicado a mi ex, y ahogaba las penas en uno de esos bares donde te dejan envenenar los recuerdos para que mueran cuanto antes, un antro donde me fustigaba rememorando el pasado. Fue allí donde María surgió de la nada. Todo se detuvo entonces, y la hiel se transformó en miel, en el ron miel que bebimos hasta perder la noción del tiempo.

Confieso que carecer de ese objeto durante unos días me ayudó a olvidar a mi ex. Y quizá lo mejor es que siento la necesidad de volver a quedar con María y hacer el amor desaforadamente con ella, aunque tan solo sea para recuperar mi reloj y el tiempo perdido.



© Daniel Moscugat, 2025. 
Todos los derechos reservados.

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