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«MUERA LA INTELIGENCIA»


En estos últimos tiempos, se me viene reiteradamente a la memoria un esputo de los que acostumbraba Millán Astray a una eminencia intelectual como Miguel de Unamuno: «¡Muera la inteligencia!». No hace falta hacer referencias, lo vemos a diario en los medios de comunicación, en la redes sociales, en la vida cotidiana... 

A colación de esto, veo cómo continúa transformándose la estupidez en mantras aplaudidos y ensalzados por quienes demuestran ser aún más estúpidos e ignorantes que los propios precursores. Y como no hay peor cuña que la de la propia madera, ahí tienen la de un conocido actor jolivudiense, de origen colombiano, en su afán por captar la atención del cotarro (supongo que últimamente trabaja poco y cobra menos), y en referencia a los polémicos tuits de la española nominada al premio Óscar del cine, que no debería haber interpretado un papel de latina porque «los españoles no son latinos». Un alarde de estupidez cuyo premio de la academia de la ignorancia no tiene por más que otorgarle el mérito a la idiotez del año, o de lo que llevamos de año. Habría que sugerirle al menos que la cultura latina, lo que este ínclito ignorante cree, tiene origen en los países latinos de Europa y en las lenguas que vienen del latín: la Península Ibérica, la Europa mediterránea y Rumanía; o que latinos, auténticos y genuinos, somos los españoles, portugueses, franceses, italianos... en fin, los que tenemos como idioma patrio la raíz del latín. Pero, claro, una mente brillante como esa dudo mucho que pueda entender más allá de lo que ve; igual estaría esperando a comprenderlo cuando vea que se curva el agua...

Estamos inundados de estupideces semejantes en las redes sociales, donde cada cual dice la barbaridad mayor sin caérsele los anillos y, lo que es peor, aplaudidos por una caterva de idiotas aún peores. Y si la estupidez viene dada desde una posición de poder, sea cual fuere esta («España miembro de los BRICS»«La culpa del auge de la extrema derecha es de los rojos cobardes»; «La Tierra es plana porque el agua no se puede curvar»...), se emite una opinión sin contrastar y, sobre todo, demostrando un nivel de ignorancia preocupante, en el que individuos aún menos elocuentes son capaces de seguir a pie juntillas cualquier axioma, siempre y cuando vayan en consonancia con su línea de pensamiento, de estilo de vida o de alienación política. Contrario al planteamiento de lo que Byung-chul Han reflexiona en su libro No cosas: todo existe mientras sea tangible, y dado que en mundo digital se tiene acceso a cosas más que tangibles, invierte el proceso de reflexión y cuestionamiento que provoca tener un libro en las manos a simplemente asentir a pie juntillas porque lo dice alguien con cierta autoridad. Me trae a la memoria, por cierto, aquello de Umberto Eco que dijo sobre las redes sociales, viendo venir la que se nos caía encima: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas». Igual alguno debería ya dedicarse a navegar, pescar y sacudirse la caspa en las tascas, y dejarse de reflexionar sesgadamente para contentar a los de su casta...

Desgraciadamente, atrás ha quedado todo debate que no se resuma en el «y tú más», el de la opinión contrastada, el de la búsqueda del significado y significante de trasfondos éticos y filosóficos. Atrás quedó ya La Clave para dar cabida a Nadie sabe nada, Horizonte o Al rojo vivo. Los debates fundamentalmente se basan en el insulto y la descalificación, en no dejar hablar al contertulio y en gritar un poco más que el adversario con el trasfondo de mentiras, patrañas y verdades a medias; que unos lo harán mejor que otros y viceversa, sin aportes cuantificables ni contrastados, simplemente por elementos sesgados y falta de información. Si un académico de la lengua, como hace pocas fechas, tiene el cuajo de decir que la causa del auge de la extrema derecha en Europa es de los rojos, con la mirada sesgada de quien se condiciona por sus sueños húmedos de reeditar viejos capítulos de lo que debe ser la hombría y las buenas maneras de lo más oscuro del siglo pasado, obviando y omitiendo una buena parte de exposiciones en el argumentario, y se queda tan pancho, apaga y vámonos entonces... Total, los españoles no somos latinos. Y lo peor de todo es que elementos así se sienten auspiciados y secundados por legiones que le aplauden sin sentido y con las orejas porque simplemente va en su línea de pensamiento o ideológica.

La persecucion inherente del fascismo contra el conocimiento históricamente funciona así, por eso se lleva tan bien la mezcla de bulos, mentiras y cintas de vídeos falsos sin contenido crítico en las redes sociales. El auge de la extrema derecha y el neofascismo están íntimamente ligados a ese «muera la inteligencia», en las medias verdades para perjudicar al adversario, en solapar cualquier mínimo sentido crítico que pueda poner en duda los estamentos más bárbaros y medievales, la ridiculización de todo lo que conlleve una reflexión... Incluso tiene tendencia, como la moda.

Estamos muy cerca de reeditar en el siglo XXI el acuerdo de Munich de septiembre del 38 del siglo pasado (recuerden: Mussolini, Arthur Neville, Édouard Daladier y un tal Hiltler aprobaron la incorporación de los sudetes a Alemania con la excusa de que eran de habla germana, a pesar de pertenecer a Checoslovaquia), ya saben cómo acabó la cosa: invasión de Alemania a Austria y Checoslovaquia en marzo de 1939. Se acerca un nuevo septiembre del 38, con actores distintos, con trasfondo distinto, pero de igual significado. Que Dios nos pille confesados.

Cuando la estupidez copa la esencial característica que nos diferencia de las bestias, solo quedan dos opciones, o resistirse o plegarse al grito de ¡muera la inteligencia! 



© Daniel Moscugat, 2025. Todos los derechos reservados.

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