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VIVIR ES APRENDER

La primera vez que viví una verbena apenas era un niño que ya se desenvolvía más o menos bien con el castellano. Sentí una emoción hipnótica que me succionaba hacia el ojo de aquel rito grotesco, cuyo vórtice giraba al ritmo de 45 rpm. La reproducción que cincelaba la aguja del tocadiscos fluía por los bafles a todo lo que daba el amplificador. Se ingería todo el líquido disponible y al alcance de la mano. Se masticaba y deglutía todo lo que te ofrecían. El perfume nutritivo se dispersaba en un aire denso y cargado, incapaz de ascender al cielo por su carga grasienta, se clavaba en las pituitarias con acentos requemados y notas de aceite inflamado por la fritanga. La verbena era un carnaval de comida y música comercial en la que todo el pupulacho barrial se congregaba en torno a las mesas dispuestas que daban vida y lustre a todo cuanto de bueno pasaba en aquel reducto dejado de la mano de dios y del consistorio.

Eran tiempos difíciles y de cambios constantes. La peseta se arrastraba por el fango de la devaluación; el paro se propagaba como una plaga viral; los altos hornos perdieron altura y desaparecían en el circo industrial como enanos a los que se les discrimina; ETA bombardeaba igual en grandes almacenes como en casas cuarteles de la Guardia Civil; en la frontera, los camiones de frutas, verduras o leche, eran asaltados y derribados por los celosos y vandálicos vecinos alosanfán… Y allí, en un punto determinado del planeta, insignificante, un grupo de personas se ausentaban por unos momentos de sus quehaceres cotidianos para sepultar todas las carencias, frustraciones, tristezas, desavenencias, pobreza..., bajo una sonrisa, un par de bailes al ritmo de Boney M o de ABBA (también de algún que otro verdial, que ni entendía ni pretendía entender, pero algunos bailaban como solo se pueden bailar los verdiales en Málaga), un espeto de sardina, un tomate picado con sal y aceite de oliva y una cerveza Victoria o una Mirinda, Kas de limón o Revoltosa. Pero la música predominante era la sonrisa. Bastaban unos banderines de colores y farolillos de papel; unas mesas alargadas sin manteles platos, vasos y cubiertos de plástico; el correspondiente tocadiscos con sus altavoces para amplificar el sonido, que se quebraban por las acometidas vibratorias de las membranas de esos loros cascados y ajados por el uso. 

Yo me encontraba en medio de toda esa vorágine, para mí inédita y alucinante, bailando, como mejor podía, junto a todos los camaradas de juegos, aventuras y pillerías del barrio, esos ritmos discotequeros de las negritas de la galaxia acompañadas por un epiléptico bailarín que parecía perder y recuperar al mismo tiempo el equilibrio en cada paso de baile; o esos acordes pegadizos de aquella familia numerosa de lo que creí era el lejano oriente, aunque el oriente estuviese más cerca del polo norte que de la muralla china. Cada poco me paraba a beber una Mirinda, a comerme una sardina espetada en un buen cacho de pan cateto de miga dura y unos tajos de tomate cuyo olor mezclado con el aceite de oliva embriagaba el paladar y salivaba hasta casi el ahogo. El entorno se refugiaba flanqueado de naranjos en flor, cubriéndonos de un manto sibilino de azahar que apenas mitigaba la densa concentración de triglicéridos que flotaban en el ambiente. Sin embargo, si había algo predominante, como la banda sonora de una película, eran las sonrisas, tildadas de alguna que otra carcajada.

Entre el calor de primero de mayo; los bailes acelerados y descompasados; las carcajadas que fluctuaban hacia las nubes y cosquilleaba la luna llena que parecía a punto de reventar; los chistes de el Fali, que cada vez que tomaba el micrófono firmaba sin saberlo esos preludios que fueron a llevar a la fama al gran Chiquito de la Calzada; las carreras de acá para allá; los imitadores de Tony Manero moviendo la cintura hasta casi quebrarse la cadera…; todo ese vértigo en mi estómago dio como resultado una mala digestión que me obligó a huir del fragor de esa batalla para dejar escapar la vida por el esófago con destino a la taza del retrete. Fue la primera vez que comprendí la lección: la vida se come cucharada a cucharada, con calma.

Pero el ser humano demuestra vez tras vez, y sin ánimo de arrepentirse, que es un animal inconsciente, dicen que el único que tropieza dos veces con la misma piedra; yo diría que unas miles de veces, pero pudiera parecer exagerado; valga pues la etopeya. Así que, después de ciertos desvaríos que pudieron costarme algo más que la integridad física, recibí una lección práctica que desde entonces no he olvidado hasta el día de hoy.

Trabajaba por las noches en un pub. Era un tiempo en el que me retiré del mundillo literario o artístico y decidí que debía dar otro rumbo a mi barco, que iba a la deriva, sin timón, y atravesando una tormentosa borrasca sin sentido. Salí decepcionado y menospreciado de un mundo en el que creí que había honestidad, ecuanimidad, solidaridad, humanismo... y sobre todo civismo. Todo eso que se presupone a personas que optan por las humanidades y la cultura, pero que en la práctica predominan talantes intolerantes y prácticas mafiosas que ya hubiera querido para sí Al Capone. Encontré un mundo salvaje, elitista, separatista, y veladamente fascista, a pesar de estar encabezados por adalides de la suprema izquierda. Porque dice el dicho británico: «demasiado al este es el oeste»; y por entonces había demasiados caudillos que dictaminaban quienes sí y quienes no tenían derecho a llegar (tuviesen calidad o no), a capricho, según el estruendo de las palmas y las sonrisas que les regalaran (a fecha de hoy siguen estando ahí, aunque con otros rostros y otros nombres, creyendo que todo lo que sujeta su cinturón es lo auténticamente verdadero y lo que queda fuera resulta poco menos que despreciable e inmundo. ¿Acaso puede haber algo más fascista que precisamente eso, la inmundicia de creerse en posesión de la verdad absoluta y cercenar el cuello de todo el que no comulga con sus intereses u opiniones? Caudillos de las letras y las artes, a quienes se les deben lealtad si existe un deseo de medrar por parte de los palmeros). A pesar de todo, de mantenerme al margen y de navegar en soledad, continuaba escribiendo, pero con espaciada tranquilidad y en dedicación a amigos y conocidos. Regalaba poemas o pequeños relatos por una cerveza o algún aliciente extra para mantener en alza la noche hasta que el amanecer la devorara, o quizá también por un café: no dudo que lo más probable es que todas aquellas palabras improvisadas hayan ido a parar al desagüe o a la papelera más cercana.

Cierto día que logré unas 50.000 pesetas por ser finalista de un certamen de relatos, de cuyo nombre quiero acordarme, pero mi afición por encestar en la canasta del archivo municipal de residuos me impide saber siquiera cuál, decidí celebrarlo con unos compañeros habituales de jarana. Anduve perdido por la costa del sol como dos días, sin dormir. Todo lo que recuerdo fue que visité discotecas, barcos en Puerto Banús, casas desharrapadas de individuos sospechosos de cualquier cosa menos de ayudar a la vecina anciana a sacar la basura, una chabola donde Dios no consiguió llegar con su diluvio, una jornada completa en La Luna de España (mítico local de Torremolinos cuya hora de apertura era las 6 de la mañana y el cierre las 6 de la tarde)...

Se me ocurrió zamparme, antes de acudir a trabajar al antro de cócteles que se servían en porrones y demás bebidas espirituosas habituales, un campero con una Coca-cola y una ración de patatas fritas. Apenas comenzó la noche, me subió la temperatura corporal y la fiebre se acomodó hasta llegar al tuétano. Sentí una emoción hipnótica que me succionó hacia el ojo de aquel rito grotesco, que consistía en amplificar el sonido de la mesa de mezcla a todo lo que diera el limitador del amplificador, ingerir todo el líquido disponible e incluso fracturar la consciencia inhibida con las cuchillas de las luces de colores que zigzagueaban de oriente a occidente en apenas un parpadeo. Aquella hipnosis, incubada por la fiebre de un sábado noche, provocó en mí ese vértigo que se apoderó del estómago treinta años atrás, dando como resultado una fuerte indigestión que me obligó a huir del fragor de esa batalla para, por enésima vez, dejar escapar la vida por el esófago. La historia se repetía, otro enésimo tropiezo. Fue la última vez que comprendí la lección y la primera que aprendí en realidad en qué consistía: la vida se come cucharada a cucharada. Tras aquello tuve una crisis orgánica que me empujó, me obligó, a cambiar por completo de vida. Me otorgó un timón, una profunda reflexión y una deriva que afortunadamente tuvo final feliz. 

Cada vez que pretendí deglutir la vida a dentelladas famélicas, acabé atragantándome hasta casi el desmayo. Entonces, un día, no supe cómo ni por qué, cae como un manto de azahar sobre mi tristeza un libro de Thomas S. Eliot y leo:

«Llevando el compás, marcando el ritmo en su danzar,
como en su vivir en las estaciones vivas,
el tiempo de las estaciones y las constelaciones,
el tiempo de ordeñar y el tiempo de segar,
el tiempo de aparearse hombre y mujer y el de los animales,
pies subiendo y bajando, comiendo y bebiendo, estiércol y muerte.
La aurora apunta, y otro día se prepara para el calor y el silencio.
Mar adentro el viento de la aurora se arruga y resbala.
Estoy aquí, o allí, o en otro lugar, en mi comienzo».

Comprendí que en cualquier lugar, en cualquier momento, aquí o allí, sin siquiera buscarlo, sería mi comienzo. Que todo el secreto radica en vivir en su justa medida, en saber paladearlo todo y hacer buenas digestiones, que todo tiene un tiempo y que cada tiempo es su tiempo. Porque antes o después vomitaremos todo por el retrete hasta perder la consciencia y lo que quedará será aquello que supimos y pudimos paladear en su justa medida. Vivir es aprender y siempre hay tiempo, aquí o allí o en algún otro lugar, para un comienzo, una segunda oportunidad. Tan solo es cuestión de saciar el apetito en su justa medida. Y lo más importante: si algo ha de predominar siempre, como si la banda sonora de una película se tratase, son las sonrisas, a ser posible a 45 rpm.





© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 

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