La primera vez que viví una verbena apenas era un niño que ya se desenvolvía más o menos bien con el castellano. Sentí una emoción hipnótica que me succionaba hacia el ojo de aquel rito grotesco, cuyo vórtice giraba al ritmo de 45 rpm. La reproducción que cincelaba la aguja del tocadiscos fluía por los bafles a todo lo que daba el amplificador. Se ingería todo el líquido disponible y al alcance de la mano. Se masticaba y deglutía todo lo que te ofrecían. El perfume nutritivo se dispersaba en un aire denso y cargado, incapaz de ascender al cielo por su carga grasienta, se clavaba en las pituitarias con acentos requemados y notas de aceite inflamado por la fritanga. La verbena era un carnaval de comida y música comercial en la que todo el pupulacho barrial se congregaba en torno a las mesas dispuestas que daban vida y lustre a todo cuanto de bueno pasaba en aquel reducto dejado de la mano de dios y del consistorio. Eran tiempos difíciles y de cambios constantes. La peseta se arrast...
Blog personal de Daniel Moscugat. Cultura en general. Literatura en particular. Expansión creativa.